La silenciosa mentira de la arquitectura contemporánea
¿Qué es la arquitectura contemporánea? Empecé a pensar en ello cuando, como arquitecto, la gente comenzó a señalarme nuevos edificios o proyectos, tratando de transmitirme cierto entusiasmo por un estudio de arquitectura contemporánea como el mío. Algunos me gustan; otros, no tanto. Había algo en el uso excesivo del color negro para dejar en claro que algo era «contemporáneo» —aunque la composición pareciera un estilo típico de Nueva Inglaterra, con solo un techo de metal y una fachada negra.
Si lo buscas, «contemporáneo» es simplemente algo que está sucediendo, existiendo o viviendo en el momento presente. Así que tal vez todo lo que se ha construido en este preciso momento SÍ sea contemporáneo. ¿Pero lo es? Hoy en día, en todo el mundo, la gente sigue construyendo arquitectura tradicional. Conceptos como el minimalismo, el estilo moderno de mediados de siglo, el mediterráneo, el brutalismo, etc., siguen llenando las páginas de las publicaciones de arquitectura. Y, sin embargo, lo «contemporáneo» sigue asomando la cabeza en algunos titulares como un «estilo» único. Pero las imágenes son collages de cosas diferentes que, al juntarlas, carecen de un hilo conductor único.
Entonces, ¿de qué se trata? No creo que la definición de «estilo» realmente capture la compleja dinámica de la práctica, y menos aún si se trabaja en el diseño en distintos países con diferentes contextos, climas y culturas. Se trata más bien de una disposición: esta es mi perspectiva sobre lo que hace que un edificio contemporáneo esté bien diseñado, aunque no sea completamente nuevo.
Tomemos, por ejemplo, Villa Busk de Sverre Fehn, construida en 1990. O Casa Vittoria de Lluís Clotet y Oscar Tusquets, construida en 1975. O si nos remontamos aún más atrás, la Casa Wileyde Philip Johnson, construida en 1952 —una época en la que los accesorios chapados en oro estaban de moda, cuando el concepto de «mid-century modern» estaba en su apogeo—. Aun así, si analizas esos proyectos, podrías encontrar un denominador común muy definido. Claramente no se trata del mobiliario, que tiene poco que ver con la arquitectura, ni de la composición geométrica, los elementos de diseño, ni siquiera de los materiales.
Si despojases esos edificios de todo —quitaras todos los grifos anticuados, los utensilios de cocina, el lenguaje de diseño de interiores, incluso los acabados interiores—, es decir, todo aquello que te permita situarlos en el tiempo, como «ese es claramente un elemento moderno de mediados de siglo»—, conservarías el alma del proyecto, el lenguaje esencial de la arquitectura que podría fotografiarse y aparecer en Dwell y parecer un edificio completamente nuevo.
Para mí, eso consolida uno de los conceptos fundamentales de la buena arquitectura contemporánea. Estos edificios, por su propia naturaleza, no están definidos por el tiempo. Podrían convertirse en ruinas, desprenderse de todas sus capas, y aun así seguir emergiendo como estructuras complejas, capaces de albergar la experiencia humana y despertar un profundo sentido de pertenencia.
El segundo concepto fundamental para mí es la relación con el paisaje. Esos tres proyectos mantienen una relación plena y un profundo entendimiento de su ubicación. No solo están ahí, posados sobre el suelo, sino que dialogan con él. Van de la mano, sin destruir el lugar, sino realzándolo. La arquitectura siempre tiene una presencia sobre el paisaje, como el Partenón o la Pirámide de la Luna. Pero el diálogo con él se siente menos como una conversación y más como un coqueteo. La forma en que interactúan proviene de un sentido de serenidad, silencio y respeto. No estoy diciendo que el Partenón o las pirámides sean proyectos menores o incorrectos. Es simplemente la forma en que el lenguaje de la arquitectura interactúa con la naturaleza.
Tomemos como ejemplo la Casa Wiley: dos volúmenes sencillos —uno de piedra y el otro de acero y vidrio—. El diálogo con el paisaje comienza al utilizar la piedra como cimiento sobre el que se asienta el proyecto. Esta enmarca el suelo que se transforma en arquitectura, de manera similar a lo que hace la Villa Busk con el concreto, que además presenta una paleta de colores parecida a la de la roca que se encuentra debajo. Ambos sostienen en su parte superior una estructura más ligera que encaja con gran elegancia para complementar la composición. La Casa Vittoria se eleva de manera similar del suelo, imitando la forma de la montaña, e introduce también este elemento de ligereza con esos pilares de concreto que pueden sostener sombrillas temporales, creando una atmósfera y delimitando una terraza.
También hay un uso del silencio que resulta extrañamente constante en la práctica actual. De nuevo, no como un altavoz que reproduce música, sino como una forma de crear momentos de transición con muy pocos elementos... Esto se refleja en una fachada sin ventanas, un patio vacío, un pasillo que tal vez sea un poco más oscuro o que no tenga más que puertas. El silencio en un mundo lleno de estímulos: siento que es el arquitecto quien intenta darle un respiro al usuario, casi como un regalo. Un momento para respirar más profundamente o para interrumpir los pensamientos invasivos.
Esta idea del silencio es muy difícil de plasmar en una fotografía, por lo que no se publica mucho al respecto; sin embargo, proyectos como Casa Cometa, de Taller Rocha + Carrillo, están llenos de pasillos, patios, puentes y escaleras donde la luz se atenúa, el espacio se estrecha o simplemente está vacío. Esos momentos no se traducen en una imagen, pero la experiencia real sí se graba en tu sistema nervioso.
Ahora toma esos elementos y relacionalos con la Casa del Gran Arco de Frankie Pappas, construida en 2019; el Museo de la Mina de Zinc de Peter Zumthor, construido en 2016; o (si me lo permiten) El Proyecto Guayacán, construido en 2025. Al igual que los tres primeros proyectos, no comparten el mismo clima, la misma cultura ni siquiera el mismo hemisferio. Y, sin embargo, al igual que los demás, cada uno se integra en el paisaje —ya sea rozándolo con agujas o elevándose del suelo— con serenidad, elegancia y respeto. Están moldeados por sus entornos distintivos, lo que los hace radicalmente diferentes (como es comprensible), pero se relacionan con el paisaje de manera similar.
Aprovechan los momentos de silencio, mantienen este contraste entre la apertura y el arraigo, entre la luz y la sombra, entre la pesadez y la ligereza —todo ello con un lenguaje que busca no estar limitado por el tiempo. Podrían haberse construido hace 70 años, o dentro de 100 años, y mantendrían su presencia y carácter con la misma fuerza que tienen en este momento. Y tal vez ese sea el punto. Los mejores edificios no te piden que los admires desde lejos. Te atraen hacia adentro, te hacen reducir el paso, te hacen respirar de otra manera. Eso no es un estilo. Es la arquitectura haciendo lo que siempre ha sido capaz de hacer —y que rara vez hace—.